diumenge, 30 de gener de 2011

Mi relación con las artes escénicas nunca ha sido intensiva, pero sí suficiente. Esta noche he podido tachar una cosa más de la lista. A lo largo de mi vida, descubrí, por este orden, el circo, el teatro, el ballet, los conciertos y la música clásica (me es imposible meter a Franz Ferdinand y un concierto de año nuevo en el mismo saco). Hoy he ido a la ópera por primera vez y, si no soy pobre como una rata, volveré lo antes posible.

Era Eugène Oneguin, en versión (¿se puede decir versión?) de Omer Meil Wellber. Aunque suene tópico, la obra es un crescendo. Tres actos en los que van cambiando el ritmo y la escenografía. De un decorado minimalista basado eminentemente en la iluminación pasamos a otro más realista y detallista. La historia culmina en el tercer acto. Sobre un decorado que bien podría calificarse entre pop y futurista los personajes se convierten en la idea que yo tenía de la ópera. No es que estuviese justificado, por supuesto, pero yo imaginaba más tensión, más chillidos. Y eso es algo que ocurre en el último tercio de la obra, sin desmerecer en absoluto los dos anteriores.

La última escena es sensacional, aunque eso me haga caer en la aliteración. Después de recibir la negativa de Tatiana, Oneguin cae al suelo mientras, detrás suyo, todas las manzanas rojísimas que había encima de la mesa ruedan sobre el suelo de carré blanco y negro, como un ajedrez.

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