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dimecres, 3 de juny del 2009

La actualidad a la vuelta de la esquina

Cuando allá por el primer trimestre nos informaron de que el cambio a Ca L'Aranyò era inminente y definitivo, muchos nos desilusionamos. Incluida yo. No queríamos soltar aquél barrio maravilloso, aquella plaza del tripi, las estatuas de la Rambla, los guiris despistados.

Yo recuerdo pensar para mis adentros que en los solares dejados de la mano de dios del Poblenou, las cosas nunca podrían ser tan trepidantes. Probablemente no lo sean. Junto a la facultad donde estamos ahora no hay kebabs, ni pakibiers, ni demasiados sitios donde acudir al salir de clase. Y además la cafetería cierra a las cinco y media.

Pero, quizás porque soy de los afortundos que cada día se bajan en Llacuna, y no en Glories, le he acabado encontrando el punto a este barrio. En el trayecto de la parada de metro a la universidad (cinco calles de subida) puedo ver cada día como la sede de los Ángeles del Infierno sigue cerrada, pero con la persiana sólo a medio cerrar, y el precinto roto.

Hay un hombre en el cruce de Pallars con Roc Boronat que vive allí. Tiene distribuidos por tres de los cuatro chaflanes sus pertenencias, y cada mañana a las nueve me lo encuentro baldeando con agua su parte favorita de la acera.

Hay decenas de inmigrantes revolviendo en los contenedores de escombros al lado de la universidad, y creo que nadie nos hemos atrevido aún a preguntarles sobre su situación (al menos, yo no).

Y hoy, cuando volvía de clase, he escuchado a un hombre con acento sudamericano que le decía a la persona que lo acompañaba: "Pero qué voy a hacer, si nadie me da trabajo [...] yo quiero cotizar, pero...". Lo decía con el tono del niño que cree que están cometiendo una injusticia con él. En su caso es cierto.

Todas estas pequeñas cosas forman parte de la realidad, y nos incumben como periodistas. Al fin y al cabo, no parece que podamos decir que en Ca L'Aranyò no estemos rodeados de historias dignas de contar.

dijous, 28 de maig del 2009

Primeras impresiones

Todos los periódicos loan, elogian y alaban hoy la actuación del Barça en la final de la Champions disputada anoche en Roma. Y el mérito de los blaugrana es, sin duda, enorme. No obstante, algo me choca, y no me deja disfrutar completamente de esta victoria, a mí, que sin ser muy futbolera, también me han acabado subyugando los encantos de Pep Guardiola.

Ayer me estrenaba. Después de cinco años viviendo en Barcelona, acudía por primera vez a Canaletes a celebrar una victoria del Barça. Qué mejor ocasión que el triplete. Vi el partido en un bar del centro junto a tres amigos. Hasta ahí, todo normal: el ambiente era el que cualquiera puede esperar de una final determinante. Al acabar la retransmisión, enfilamos Tallers abajo con la intención de ir a parar a la Rambla, pero cuál fue nuestra sorpresa al ver el paso cortado por una ingente cifra de mossos d’esquadra que, a pesar de todo, no logramos identificar.

Lo mismo ocurría en ronda Universitat. Conseguimos finalmente acceder al que en otra época fue el paseo más bonito del mundo, pasando por calle Bergara a Plaza Catalunya hasta lograr mezclarnos alegremente con la masa. Los baños de multitudes le pueden parecer a cada cual más o menos engorrosos, pero lo que está claro es que uno nunca se ira a casa sin llevarse un par de pisotones de recuerdo

El problema no es la incomodidad. Más bien, los conatos de peleas que tuvimos que presenciar, o los petardos de gran calibre que algunos graciosos decidían encender en medio del tumulto, y de cuya presencia sólo te enterabas gracias al empujón colectivo. Todavía no sé si el fútbol saca lo peor de cada uno, o lo peor de cada casa.

Al final, lo más destacable resultó, como observaba mi amiga Y., que anoche los pakistaníes de la Rambla no estaban vendiendo cerveza, sino celebrando la victoria del Barça. Un prodigio de integración que muchos deben aplaudir. Intuyo que en La vanguardia hoy se han levantado con una sonrisa. Anoche, la Rambla fue un poco más cívica.